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    • rotten.girl
      (Sims 4) Legacy D'angelo
      CAPÍTULO 3   Evelyn   Siendo mi silencio completamente ruidoso, las semanas pasaron, sin que los chicos supieran nada de lo que se dijo entre las cuatro paredes de ese despacho. A penas soportaba estar en casa. Mi rutina se basaba en despertar, marcharme a hurtadillas hacia la mansión de los Thao, hacerles el trabajo sucio sin que notaran la ausencia de Bastian y Niccolo, y pasar el resto de mi día en aquel bar de Oasis Springs que tenía un enorme piano. No era casualidad que hubiera escogido aquel garito para matar mi tiempo, tenía que practicar las canciones que tocaría en la fiesta de las gemelas. Sin siquiera darme cuenta, habíamos entrado en noviembre, y la fecha de aquella velada se aproximaba a toda velocidad. Y casi como todas las cosas que aborrecía, el gran día acabó llegando. Sin llegar a entender cómo, me encontraba enfundada en aquel vestido que Shen se había encargado de pedir para mí, con el corazón latiendo desbocado, frente a la puerta principal de la mansión. El pelinegro me dedicó una breve sonrisa, para luego acercarse a mí y tomarme de la cintura tal y cómo habíamos acordado hace unos días. Trabajar de topo dentro de los Thao me había acercado de manera irremediable a la mano derecha de Bailee, lo cual no me desagradaba, pero me dejaba una sensación de incomodidad en el estómago. Como si aquello fuera una traición hacia los chicos. Shen, en un solemne silencio, me condujo al interior de la casa, y me hizo seguirlo hasta la planta baja, donde se hallaba el salón de celebraciones, el cual se encontraba abarrotado de personas vestidas de manera elegante. El ambiente cargado no tardó en incomodarme, pero no tuve tiempo de pensar en ello, pues la mano del asiático se cerró en torno a la mía, arrastrándome con él al interior de la gran sala. Un par de camareros se acercaron a toda prisa y el hombre, con un sólo gesto, les indicó que nos sirvieran dos copas de vino. Cuando estos se marcharon a atender a otros invitados, la dura expresión de Shen se relajó en una sonrisa cómplice. — Tranquila, estas celebraciones no son lo habitual —Dio un sorbo a su copa —. La siguiente no será hasta principios del próximo año. —Qué esperanzador —me burlé entre dientes. Una conmedida carcajada escapó de la boca del asiático. —Vamos, tampoco es tan terrible —Hechó una mirada rápida a su alrededor —. Bueno… Igual sólo un poco. Los ojos de Shen brillaban en compasión. No me hacía falta girarme para saber que todos los presentes me escudriñaban con la mirada. —Es normal —Interrumpió mis pensamientos —. Estás deslumbrante. La mirada de Shen se clavó en la mía, mientras notaba mis mejillas enrojecer. Carraspeé con incomodidad para disimular que aquel comentario había conseguido afectarme. —Gracias —Escaneé su cuerpo sin ningún tipo de pudor — Tú tampoco estás nada mal. Sin prestar atención a su respuesta, di un largo sorbo a la copa que descansaba en mi mano. Sin embargo, pocos instantes después, una presencia se instaló entre nuestros cuerpos, robando la poca tranquilidad que había conseguido reunir. —Evelyn D’angelo —Bailee asintió levemente en mi dirección, para luego girarse hacia el hombre —. Shen. Este tomo una de sus delgadas manos, y plantó un elegante beso en el dorso de ella. —Señorita Thao, está usted impresionante. Como siempre. Esta sonrió, complacida. Y luego clavó sus pequeños orbes en mí. —Anda ya, Shen. No seas así, parece que no has visto a Evelyn. El asiático dirigió una mirada discreta a mi cuerpo, para luego decir: —Claro que la he visto. Bailee se acercó a mí y me dio un codazo amistoso, acto seguido, acercó su boca a mi oído. —Sigue así, lo tienes loco. Cuando se separó, tuve que hacer un gran esfuerzo para no encajar mi puño en medio de su rostro. —Pero espero que sepas lo mal que me parece que no hayas traído contigo a Bastian —Me señaló con un dedo acusatorio. Mi cansancio no paraba de aumentar por segundos. —Señorita Thao, ni si quiera lo mencionó… —repuso el asiático. —¿Qué? —Que el señor Marini no figura en la lista de invitados que me mandó a confeccionar, ya que, se olvidó de mencionar su nombre —le explicó con lentitud, como si fuera una completa idiota. No me extrañaría que en realidad lo fuera. —¿Ah, sí? —respondió con sorpresa. — Está bien, ha sido fallo mío. Te perdono, D’angelo —dijo, mientras miraba sus uñas con atención —. Pero que no vuelva a ocurrir. —Por supuesto, Bailee —respondí, notando la ira ascender por mi garganta —. Me encargaré de comentárselo a Bastian. Los ojos de la asiática se abrieron como platos. —¿Lo ha-harás? —Claro —Le guiñé un ojo —. Cumplir órdenes directas es lo mío. —Ya veo —Sonrió, satisfecha —. Espero que no te moleste, querido. Pero voy a robarte un poco a tu acompañante, me gustaría tratar una serie de temas con mi socia más preciada. Y sin dejarnos responder, Bailee me tomó del brazo y me arrastró a la mitad del gran salón con ella. Allí debatimos acerca del futuro de los Thao y dónde encajaríamos nosotros en él, qué tendría que ponerse en su próxima cita con Bastian, y que quizá podría venir él en lugar de mí por las mañanas. Pero eso jamás podría ocurrir, no cuando la misión de estar allí era mía y de nadie más. De vez en cuando, echaba una mirada de reojo hacia donde se encontraba el asiático, esperando que este me estuviera mirando, y que de alguna manera, entendiese que quería ser rescatada de aquella tortuosa conversación. Pero de repente, las primeras notas de una canción lenta comenzaron a llenar el lugar, envolviéndolo en una atmósfera de calma que consiguió apaciguar mis sentidos. Entonces, casi como si se tratara de una señal, la delgada mano de Shen rodeó la mía, alejándome de la asiática, y atrayéndome hacia su cuerpo. — ¿Qué demonios hac…? —escapó involuntariamente de mi boca. Sin embargo, sus manos alrededor de mi cintura y el leve vaivén de nuestros cuerpos al ritmo de la música acalló mis pensamientos. En aquel momento sólo existíamos él y yo. Y aún de esa manera, la imagen de Bastian seguía acudiendo a mi mente, como un recordatorio desagradable de que aquello no estaba bien. Que todos esos secretos me acabarían pasando factura. —¿Estás bien? —me preguntó, analizando mi expresión con atención —. Te noto algo distraída. —Sí, sí —asentí atropellándome con mis propias palabras —. Estoy genial.
      Sonreí de manera forzada para dar solidez a mis palabras, pero podía notar la duda en sus ojos. — ¿Estás segura, Evelyn? —inquirió de nuevo, esta vez dando más énfasis a mi nombre, aquel que jamás había pronunciado en voz alta hasta aquel momento. Mi corazón se encogió como una pequeña esponja, podía notar la mirada de Bailee arañarme la espalda. —Creo que mi cometido aquí ha terminado. Noté los hombros de Shen tensarse bajo los míos. —¿A qué te refieres? —A que en realidad nunca fui invitada a esta fiesta, sino que se me permitió venir con la condición de que tocara el piano. —Eso no es cierto —. Contrajo su rostro en una mueca de desaprobación —. Estás aquí porque eres mi acompañante, porque yo quise que vinieras. Alcé la barbilla para conectar mis ojos con los suyos. —¿Y qué debe hacer un acompañante durante este tipo de fiestas? —Que yo sepa, solamente una cosa — Sonrió ampliamente —: Bailar. Y de esa forma, me dejé llevar durante el resto de la velada, balanceando levemente mi cuerpo con el suyo, hasta que llegó la hora de mi esperado concierto. Pero en contra de todo lo que había pensado, no tuve demasiado público, pues para aquella hora todos estaban tan absolutamente borrachos, que a penas podían sostenerse en pie. Por lo que, toqué las partituras que me había preparado con tanta dedicación para Shen, como si me encontrara delante de un auditorio lleno de personas. Una hora después, aprovechamos la distracción de los asistentes para robar una botella de vino de la bodega, y bebérnosla a escondidas en algún lugar oculto de la mansión. Cuando terminamos, y la música comenzó a desvanecerse, salimos casi a rastras al exterior, donde nos dio la bienvenida un cielo completamente estrellado. A lo lejos, podían observarse las luces de neón del burdel. Con ayuda de Shen, conseguí sentarme junto a él en los jardines exteriores de la mansión. —Quizá nos hemos pasado con esa última botella —rió, apartándome un mechón de pelo de la cara. —Qué va —le aseguré. La brisa helada de la noche hacia revolotear los bajos de mi vestido, y sin saber muy bien cómo, el cansancio junto con los efectos del alcohol provocaron que dejara caer mi cabeza sobre el hombro del hombre a mi lado. Este, al notar mi cercanía, lejos de rechazarla, me acercó más hacia sí. Estaba bajando la guardia, yo nunca bajaba la guardia. Sin embargo, decidí cerrar los ojos, a la espera de que las consecuencias impactaran contra mí. Y estas no se hicieron esperar. En un hábil movimiento de brazo, Shen giró mi cuerpo hacia el suyo, para que ambos quedáramos frente a frente, con nuestros rostros a escasos centímetros. El asiático permaneció observándome en silencio, con su respiración impactando contra mi boca una y otra vez. Sus orbes oscuros me analizaban con paciencia, como si estuviera esperando una señal para abalanzarse sobre mí. Cuando notó unas de mis manos ascender a su mejilla y apartarlo de mí con delicadeza, se alejó de la misma manera, sin perder aquella intensa mirada de sus ojos. —Esto no puede pasar, de ninguna de las maneras —susurré, tratando de no sonar brusca. Después de unos breves segundos de tensión, Shen se levantó y me dio la espalda para estudiar las estrellas en silencio. Unos instantes después, se giró hacia mí. —Lo entiendo —Sonrió, recuperando aquella apacible expresión que lo caracterizaba —. Vamos, levanta, es tarde. Y de esa manera, me tendió una mano, la cual acepté, y dejé que esta me ayudase a ponerme en pie. Cuando sus ojos volvieron a atravesarme, no pude soportarlo más. —Shen, somos compañeros de trabajo, deberías pensar en… —dije, dejando escapar las palabras de mi boca como si fueran balas. Este acalló mi mediocre discurso con un suave beso en la frente. —Evelyn, tú deberías tomarte un tiempo para reflexionar en aquello que te niegas a ti misma, y que te impide continuar hacia delante —respondió, adornando de calidez aquellas palabras tan severas. —¿A qué te refieres? —Lo sabes bien —sonrió, tomando mi mano en un suave apretón, para luego darse la vuelta e introducirse en el interior de la mansión. Con la mente domada por miles de pensamientos, emprendí el camino a casa dándole vueltas a sus palabras, chocándome con un enorme muro cada vez que creía llegar al fondo del asunto. Sólo que aquel enorme muro no era exactamente un muro, sino el rostro de ese pelirrojo que tan bien conocía. Maldita sea. Sin darme a penas cuenta, me encontraba frente a la puerta de nuestro hogar, completamente paralizada. Cuando conseguí devolverme del todo a la realidad, me percaté de que las luces del salón estaban encendidas. ¿Qué demonios hacía Niccolo despierto a aquellas horas? Atravesé con lentitud el umbral de la puerta, para encontrarme con el asiático de espaldas, apoyado contra el sofá que, convenientemente, también era su cama. Sabía que había notado mi presencia, pero no me molesté en saludarlo. Entre nosotros no hacían falta los banales rituales sociales. Sin embargo, su profunda voz inundó la sala de manera inesperada, erizando los vellos de mi piel al instante. — No sabía que los Thao tenían por costumbre obligar a sus trabajadores a hacer horas extras —escupió con burla —. Supongo que será cosa de chinos… —¿De qué cojones estás hablando, Watanabe? Sin responder a mi pregunta, se levanto del sofá con expresión de hastío, y se dirigió a la encimera de la cocina a rellenar la copa vacía que sostenía en una de sus manos. Una vez allí, resopló al darse cuenta que la botella estaba completamente vacía. Tragué saliva al percatarme de su embriaguez. Ese maldito amarillo nunca bebía, esa botella ni siquiera era suya. Fue un regalo de la Mamma para Bastian. Harta de aquel insoportable silencio, decidí ponerle fin por mi propia cuenta. —Un hombre de verdad sabe cuándo debe dejar de beber —solté con desdén. Sin embargo, fue inútil. Niccolo no emitió el más mínimo sonido ni cambió un ápice su expresión. Pero yo necesitaba indagar, el asiático jamás abría la boca si no era estrictamente necesario. De algún modo sentía que me estaba acusando, y en cierto modo tenía razón. Puede que estuviera en un callejón sin salida. Entonces, rompió su eterno silencio. — Así que… la mujer de Bastian —exhaló aquellas palabras, como si de un veneno se tratase. Sentí mi corazón detenerse. —Se me empieza a terminar la paciencia, puto amarillo —siseé —. Deja de andarte con rodeos, y escupe de una maldita vez.   Unos instantes después, se dio la vuelta y clavó sus estrechos orbes en los míos. —¿De verdad soy yo quien se anda con rodeos, Evelyn? Tras aquella declaración, se jactó de la misma con una breve risa burlona, y se dio la vuelta sin dejar de hablar. Le observé en silencio alejarse con el corazón completamente inmóvil. —¿De verdad soy yo quien no habla cuando debe hacerlo… Y se guarda información para sí mismo que puede afectar a los demás? Sentí un río helado de sudor bajarme por la espalda, llegando a la delicada tela de mi vestido. —No tienes… ni puta idea de lo que se cuece allí fuera… —mascullé, apretando los puños en un intento de controlarme. —“Y que esto es demasiado grande para mí”, superior a todos nosotros — pronunció esas palabras que repetía constantemente a los chicos cuando me sentía en la obligación de ocultares algo. Había un intenso desdén en su tono —. ¿Es eso lo que ibas a decir ahora, Ev? ¿O preferías esperar a que hablase con Georgia? “¿Qué?” Con el corazón congelado y los sentidos entumecidos, desenfundé de manera casi automática la pistola que llevaba oculta bajo el vestido. Podía escuchar el sonido de la sangre recorrerme los oídos junto a mi respiración acelerada cuando me percaté de que el cañón le apuntaba directamente a la nuca. Georgia Fabbiani, un nombre muy sonado entre los poderosos y los que no lo eran tanto, aunque mejor conocida como la Mamma, la segunda fuerza mafiosa de Oasis Springs. Sólo Niccolo la llamaba de esa forma, y no me extrañaba, para él era igual de repugnante como para mí aquel mote que usaba para distinguirse entre los de su profesión. —¿Y se puede saber qué se le ha perdido a un tipo como tú en el burdel? —. Retiré con lentitud el seguro del arma hasta que este hizo clic —. Tranquilo, puedes tomarte tu tiempo para responder. El loquero dice que hago grandes avances respecto al control de mis emociones. Una carcajada espantosamente grave devoró el silencio de la sala. Podía notar los vellos de mi nuca erizarse. —Ya sabes que no soy tan partidario de pasar el rato en ese tipo de antros como lo es Bastian —. Relató con evidente sorna —. Pero no me dejaste otra opción, Evelyn. Apreté con fuerza el arma hasta que mis nudillos se tornaron blanquecinos. —No tengo ni puta idea de qué estás hablando —dije entre dientes. —Claro que no —se burló —. Pero quizá te puedo ayudar a refrescar esa memoria. Puede que ya no seas tan joven como para seguir dedicándote a esto, empiezas a olvidar conceptos importantes… Ya sabes, como la lealtad. Sentí un cruel pinchazo invadirme el pecho. —Maldito desagradecido... —aullé, tratando de hacer desaparecer el dolor que me sobrecogía el corazón — Si hubieras tenido que sacrificar la mitad de lo que lo he hecho yo para proteger a esta familia cerrarías esa jodida boca tuy… Pero no me dejó terminar aquella frase, pues tan pronto como la palabra “familia” abandonó mis labios, desenfundó y se abalanzó sobre mi cuerpo. Antes de que pudiera ser consciente de ello, me encontraba tumbada en el suelo con sus piernas impidiendo que pudiera librarme de su agarre. Su respiración acelerada se asemejaba al sonido que producía una bestia salvaje justo antes de acabar con su presa. —No seas ridícula —dijo con lentitud, como si estuviera tratando de controlarse —. Aquí nadie es familia. No trates de engañarte a ti misma, somos una panda de asesinos. No tendría ningún problema en encajar una bala en esa frente tuya. —No sé… Creía que tú y esa cría teníais algún tipo de vínculo, aunque nunca está de más recordarte que lleva mi apellido. Percibí sus piernas aflojarse y aproveché esa leve distracción, para darle la vuelta a la situación. Literalmente. —Vaya… —Miró a su alrededor con desinterés, y soltó su arma. Pocos segundos después, hice lo mismo con la mía —. Me retracto, puede que no seas tan ridícula como pensaba. Una leve carcajada escapó de mi boca. —He mejorado bastante. —¿Esto es lo que te enseñan en casa de los Thao? —Qué va, allí lo único que he aprendido es a coger los palillos correctamente. Una leve sonrisa se formó en los labios del asiático, para después esfumarse como si jamás hubiera existido. En ese momento, sus estrechos orbes oscuros se hicieron con los míos, en un silencio casi tan profundo como el negro de sus ojos. Respiré hondo, y me dejé acoger por aquella atmósfera pesada que se había formado entre nosotros. Era como si aquello fuera, de cierta manera, familiar. Sin poder controlarlo, una de mis manos viajó hasta acoplarse en su mejilla. Completamente inmóvil, noté al hombre frente a mí tragar saliva. Con lentitud, me aproximé hacia su boca sin desconectar mi mirada de la suya. Antes de que nuestros labios siquiera se rozasen, sus dedos se cerraron con fuerza en torno a mis caderas, deteniendo mi avance con brusquedad. Cuando fui consciente de la fuerza con la que apretaba la mandíbula y su mirada perdida, miré de reojo hacia la entrada, donde vi una pequeña figura inmóvil observándonos en silencio. La mocosa nos escudriñaba con confusión, como si no fuera capaz de procesar lo que estaba ocurriendo. Su ojo sano recorría la sala en busca de respuestas, pero no con la curiosidad habitual que lo caracterizaba. Tras unos segundos angustiosos, abrió la boca con el labio inferior temblando. Entonces, ocurrió lo último que hubiese imaginado: —¿Nico…? Este, como si le hubieran metido una granada en los pantalones, se levantó a toda prisa, llevándome consigo en aquel errático movimiento. Tomándome de las manos con brusquedad para que no me cayese de culo, me depositó de nuevo en el suelo, como si fuera un mero puñado de mercancía. Sin mediar palabra con la cría, la cogió en brazos y se la llevó de nuevo a la cama, tratando de apaciguar su enorme desconcierto. Lo único que alcanzo a recordar de aquella noche, es que me quedé observando cómo sus dos figuras se alejaban de mí a toda velocidad, quizá huyendo de todas las cosas malas que se acinaban en nuestro pequeño hogar. Parecía que me había muerto, pero no, el legacy continúa. Escribir este capítulo ha sido todo un reto, pero espero que os haya gustado de todas maneras. En breves, subiré la encuesta para elegir al fundador de este legacy, tendréis que elegir entre Evelyn y Larissa. Como ya sabéis, si no se llega a una elección clara o nadie vota, Evelyn será la elegida. Podéis tomaros vuestro tiempo para elegir, pero lo único que cambiará esa elección es desde qué punto de vista se narrará la primera generación, así que tampoco es para tanto. Nos vemos por aquí   
    • rotten.girl
      (Sims 4) Legacy D'angelo
      Muchas gracias por tu comentario Lo cierto es que ando ocupada pero esto me anima bastante a seguir, espero que el legacy siga siendo de tu agrado jeje
    • Hechulera
      (Sims 4) Legacy D'angelo
      Me encanta!!!    Por favor no lo abandones!! 
    • rotten.girl
      (Sims 4) Legacy D'angelo
      CAPÍTULO 2   Evelyn Odiaba el otoño. Era como un recordatorio constante de la inminente aparición del invierno. Esa estación de la que no me gustaba hablar, no sin evitar sentir la nieve llegándome hasta las rodillas, como cuando era una indefensa niña perdida por las calles. Algunos recuerdos podían volverse martirizantes si no conseguía aplacarlos a tiempo. Por suerte o por desgracia, me había vuelto una tipa dura y ya no existía casi nada que pudiera hacerme sentir miserable en este mundo. La miseria se repartía allá donde mis ojos se posaran. Por lo que, en aquella mañana otoñal, mientras que el humo se desvanecía con lentitud de mi boca, una presencia inesperada interrumpió mi más preciado momento de soledad. Shen Wāng. El perro guardián de Bailee. O como prefería definirse él mismo, su “mano derecha”. —¡Qué grata sorpresa encontrarme con usted aquí, señorita D’angelo! — Pero bueno, ¿pasa menos de una semana y ya te olvidas de mi nombre? —respondí de manera burlona. —En absoluto —Me sonrió con cierta complicidad —. Jamás olvidaría una información tan relevante… —Fijó su oscura mirada en la mía — Para nuestro negocio. Reí negando con la cabeza. Estaba claro que ese cabrón sabía jugar sus cartas. —¿Y qué te trae por aquí? ¿Acaso esa zorra de Thao te ha dado órdenes de seguirme? Noté como se formaba una efímera arruga entre sus cejas al escuchar la manera en la que me referí a su jefa. Pero francamente, me divertía. —Estaba dando un paseo. Suelo tomar paseos matutinos con bastante frecuencia. Por el amor de Dios, ¿este tío siempre se expresaba de manera tan formal? Su absoluta perfección comenzaba a darme dolor de cabeza. — Así que los mafiosos también tenéis tiempo libre —Continué tentando a mi suerte. Una risa varonil pero delicada escapó de su boca. —¿Es usted siempre tan atrevida, señorita D’angelo? —incidió en aquellas últimas palabras. Me levanté del asiento y me coloqué frente a él para acortar distancias. —¿Eres siempre tan correcto, mano derecha? Una sonrisa astuta se formó en sus labios. —No siempre… —Se tomó una pequeña pausa para pensar — A veces me dejo llevar. Sobre todo cuando hay una buena botella de vino de por medio. Mis cejas se alzaron en sorpresa. —Ah, ¿sí? —Sí —Tomó el cigarrillo de entre mis dedos sin pedir permiso, para acto seguido tirarlo al suelo y pisotearlo con una innata elegancia —. Puede usted comprobarlo si asiste alguna vez a las fiestas de la señorita Thao. —Así que, ¿hacéis reuniones de empresa? —Algo así —Se encogió de hombros. —No creo que a la jefaza le haga mucha gracia verme por allí. Pero aún así te agradezco… No me dejó terminar. —Pero a mí sí —Dejó escapar las palabras con una expresión muy seria. Sin embargo, lejos de arrepentirse de lo que había dicho, continúo sin perder su tono habitual —. Se nos permite a cada miembro de la familia traer a un invitado con nosotros. Además… Creo que la señorita Thao estaría encantada de escucharla tocar el piano. Mi corazón dio un violento vuelco. Suponía que él pudo notarlo por la enorme sonrisa que se dibujó en su rostro. —Ha sido un placer compartir tiempo con usted, Evelyn —Me dedicó una leve referencia antes de girarse, y macharse de allí sin mirar atrás. —En ese piano no puede quedar un sitio libre —grité a su espalda —. Cuento contigo si es que quieres que toque una sola nota. Me dedicó una pequeña carcajada justo antes de desparecer. Tras la marcha de la mano derecha de Thao, me dirigí hacia el bar que quedaba frente al puerto. No era mucho de beber, así que me dediqué, durante mi corta estancia, a hacer lo que mejor se me daba: meter la mano en unos cuantos bolsillos sin que nadie se diera cuenta. Al salir del bar a toda prisa, me topé con un pequeño obstáculo en mitad del camino. Era un gato feo, sucio y callejero. No pude evitar arrugar el rostro en una mueca de desagrado, sin embargo, algo en sus ojos me atrajo hacia él. Y sin darme cuenta, estaba frente a sus narices, observándolo con curiosidad. —Miau —emitió la pequeña criatura, a la espera de que hiciera algo. Entonces caí en la cuenta. —Mierda, no llevo nada encima —farfullé —. Espera un momento ahí que voy a por algo para ti. Y de esa manera, volví a entrar en el bar, donde hace unos minutos, había delinquido, para en esta ocasión, gastar el dinero que había robado en algo un poco menos inmoral. —Anda, come, minino indeseable. Este recibió el alimento de buena gana, sin embargo, cuando ya no quedaba ni una sola migaja en la palma de mi mano, optó por bufarme. —¡Serás cabrón! ¡Bola de pelo desagradecida! Viendo que no era de su agrado, y siendo honesta, él tampoco del mío, decidí ignorar sus amenazas y cogerlo como si fuera un simple muñeco, para llevarlo a un lugar más seguro. Sin entender muy bien cómo, el jodido animal no hizo ademán de revolverse en el tedioso camino que emprendí hacia unas cajas de madera. Allí, lo solté, asegurándome de que estuviera resguardado del frío y de los perros salvajes. Sin mirar atrás o si quiera sentir remordimientos por no llevármelo conmigo, lo dejé a su suerte y me marché a casa. No necesitábamos otra boca que alimentar. Una vez allí, me encontré con Bastian entrenando en el patio delantero, y a Niccolo en el interior de la casa leyendo, como era habitual en él. Era casi enfermiza la tranquilidad que emanaban. A la tarde, decidí desempolvar uno de mis más preciados ejemplares sobre nociones básicas de piano, y me dispuse a estudiar unas cuantas de mis partituras favoritas. No sabía muy bien por qué lo estaba haciendo, pero de todas formas, no importaba. Ni en cien años pisaría la mansión de los Thao para asistir a una fiesta ridícula de mafiosos. Ni tocaría el piano para Bailee. Ni aunque me lo pidiera ese idiota con aires de mayordomo. Las horas pasaron casi sin darme cuenta, hasta que Bastian, empapado de sudor y agua de lluvia, se dejó caer a mi lado, despertándome de mi trance. — Si hubiera sabido que con un par de tristes halagos habrías retomado el piano, no hubiera dudado en hacerlo hace mucho tiempo —se burló, con un tono algo extraño en su voz. Era como si este detonase… —. Pero eso es lo de menos, belleza. Tenemos asuntos más importantes. Me erguí de manera abrupta en el asiento. —¿Qué clase de asuntos? —De los que no te gustan un pelo —Arrugó el entrecejo con nerviosismo. —No tengo doce años, Bastian. Desembucha. —La Mamma quiere vernos. ¿Qué? Al ver mi rostro palidecer, colocó una de sus enormes manos sobre la mía. —Tenías razón, nuestra alianza con los Thao tendría consecuencias. Pero, mira el lado positivo, Rayleight aun no nos ha llamado… —Eso importa una puta mierda. Esto es todavía peor —le interrumpí, con la vista fija en un punto. —Pero, Ev…  —No la hagamos esperar —. Sentencié, y acto seguido, me levanté como si fuera un robot del sofá, lista para enfrentar aquel lugar que tanto aborrecía, y que tanto evitaba pisar. Cuarenta minutos más tarde estábamos entrando al interior del burdel, con el alma encogida y los sentidos completamente alertas. No es que a Bastian le molestase estar allí, al contrario que a mí, para él era casi como estar en casa. Una vez dentro, mi mirada se dirigió rápidamente hacia el largo sofá de terciopelo rojo, donde la persona que menos quería ver del mundo me estaba escudriñando con la mirada. La Mamma. — Cuánto tiempo, querida. Hice un tremendo acopio de valor para cruzar el umbral, y que no me temblasen las piernas justo al sentarme a su lado. No es que le tuviese miedo, es que todo en ella me recordaba a lo que pasé en ese lugar. Era el recordatorio viviente de la persona que fui, y por ello, conseguía repugnarme en todos los sentidos imaginados. —Creo que ya sabes por qué te he llamado… —comenzó, con aquella voz tan exageradamente grave para tratarse de una mujer. —Y no debes preocuparte lo más mínimo por ellos, sé perfectamente lo que hago y lo que… —Silencio —me cortó sin pestañear tan sólo un poco —. Estas cosas las hablaremos arriba, mocosa. Tragué saliva justo cuando sus regordetas manos tomaron las mías. —¿Cómo ha estado mi preciosa niña que ya es toda una mujer? —Su expresión y tono cambiaron a uno mucho más maternal. Pero yo no la sentía como una madre. — Pues verás, ya sabes… el negocio da para lo que da. Esta soltó una carcajada profunda acompañada de una tos enfermiza. —Ya te advertí de los peligros de ahí fuera, pero estoy segura… —Tomó un mechón de mi cabello con delicadeza — De que mi chica sabrá arreglárselas. Aunque no lo creas, eres igualita a mí. Vomitaría sólo de parecerme en un gramo a ella. Por el rabillo del ojo, atisbé a lo lejos a una figura femenina descender por las escaleras. Y como si mi cerebro ya lo hubiese previsto, el cuerpo de Bastian se aproximó a toda prisa hacia el de ella. Tam Huong, una prostituta vietnamita que rescatamos hace un par de meses de la mano de un proxeneta. O más bien, la había rescatado Bastian, quien, desde entonces, no había podido quitarle el ojo de encima a la misma. —Vamos, córtate un poquito, pelirrojo, que aquí no se toca carne sin pagar —se quejó una de las chicas de la Mamma. Bastian y Tam rieron de manera nerviosa, como si hubiesen sido pillados haciendo algo malo, o tal vez, asustados de que ese algo malo que ya hubiesen hecho fuera descubierto. En cualquier caso, no me importaba. Sólo era Bastian con otra más de sus chicas. Ya que, un mujeriego como él tenía cientos. Sin mirar atrás, acompañé a la Mamma al piso de arriba para tratar de una vez por todas aquello que nos concernía a ambas, y que tantas ganas tenía de averiguar. — Verás, Evelyn —anunció —. No son tus negocios con Bailee lo que me preocupan. Eres mi chica y respeto que te quieras ganar la vida. No, ya no era su chica. No quería serlo.  —Entonces, ¿cuál es la puta movida? —inquirí, desesperada. —Los Bambini. Sentí mi corazón congelarse en ese preciso instante. No perdería el tiempo en gritarle a Bastian que yo lo sabía, que yo lo predije. Aunque fuera real, aunque me muriera de ganas de hacerlo. Porque ya no serviría de nada, no si se desataba una guerra entre familias a causa de ello. Entonces, la Mamma interrumpió mi hilera de pensamientos. —Tengo entendido que la decisión de colaborar con las gemelas Thao fue tuya. —De quién sino —Tragué saliva, preparada para las consecuencias. Sabía de primera mano que ella no me mataría, pero que no se interpondría para que el cabeza de familia de los Bambini no lo hiciera. —Tenéis que destruir el contrato que tenéis con esa gentuza de inmediato. Una sonrisa maliciosa se abrió camino por mis labios. —Y una mierda. —Mocosa malcriada… Me levanté de mi modesto asiento para reclinarme sobre la mesa apoyando ambas palmas sobre la misma. —Mira, Mamma —Me tomé una pequeña pausa para observarla, su expresión no había cambiado ni un poco —. Si hubiera tenido el más mínimo indicio de que esto a Rayleight le pudiera suponer la más mínima molestia, jamás habría estrechado la mano con esa amarilla. Así que... No. Ve a contarle tus putas patrañas a quien se las crea, pero a mí no. Justo cuando hice el amago de girarme para marcharme de allí, su voz me detuvo. —Los Thao están haciendo negocios en territorio prohibido. ¿Qué? Sentí mi corazón congelarse cuando volví a enfrentar su felina mirada. —Y a Rayleight no es que le moleste, lo que ocurre es que lo que no está logrando entender es cómo sus trabajadores más fieles están haciendo migas con una panda de sin vergüenzas que intentan joderle el negocio. Aquello no podía ser verdad. No, porque yo ya estaría enterada, o al menos lo hubiera previsto. Por algo era quien estaba al mando de los chicos. Por algo todo nos había ido bien hasta ahora. Mi labio inferior temblaba y mis órbitas amenazaban con abandonar su lugar. —Mientes… —dejé escapar en un casi imperceptible susurro. La mirada de la Mamma cambió a una expresión que jamás había visto en ella… eso era… ¿Preocupación? —Ojalá lo estuviera haciendo, cariño. Vale, estábamos jodidos. Hasta el fondo. Y todo era por mi maldita culpa. Por confiarme. Con los dedos temblorosos, extraje un cigarro de la cajetilla y lo coloqué entre mis labios. Tras un par de minutos en completo silencio, puse a mi cerebro a funcionar. —¿Cuánto tiempo nos queda? —inquirí con rudeza. Los ojos de la mamma se abrieron, para luego tornar su expresión en una que no supe descifrar. Era como si supiera algo que yo ignoraba. —Querida, no seas ridícula —Se mofó —. Rayleight no va a mataros. Es más, os ha mandado a mí porque no tenía tiempo de reunirse con vosotros, y mucho menos para una tontería como esta. ¿Tontería? Esa vieja debía de estar delirando. —Nos hemos asociado con los cabrones que están jodiendo el negocio de la familia a la que servimos. Ambas sabemos qué nombre tiene eso entre los de nuestra clase. —Alta traición —Soltó como si nada, dejando escapar el humo de sus labios. —Vendrá a por nuestras cabezas. —Por el amor de dios, Evelyn —Aplastó el cigarro contra el cenicero hasta apagarlo —. ¿Quieres dejar de lloriquear como una mocosa de una puta vez y escucharme? Apreté los puños hasta clavarme las uñas, sintiendo la rabia recorrer mi torrente sanguíneo. Asentí con los labios sellados. —Los Bambini, los Flores y yo nos reunimos recientemente, y conseguimos llegar a un acuerdo —explicó con desgana —. Al haber infrigido una norma tan básica como esa, a partir de ese preciso instante dejaríamos fuera de todas las reuniones a los Thao, les quitaríamos la voz y el voto en las decisiones referentes al control de los territorios de la ciudad, y por tanto, pasarían a ser una banda no autorizada… >> Es decir… —Que deben ser eliminados —terminé por ella. —Exacto —sentenció —. Pero no por el momento. ¿Qué? —¿A qué cojones te…? La Mamma alzó el dedo índice para silenciarme. —Calla y escucha —Me miró con absoluta seriedad —. Rayleight ha decidido perdonaros la vida porque vuestro movimiento ha resultado casualmente útil a pesar de ser estúpido. —¿A qué demonios te refieres? —Quiere que os limitéis a actuar con normalidad, como si esta información jamás hubiera llegado a vuestros oídos o, si en caso de conocerla, os importase una mierda poner en juego vuestros pescuezos. Lo cuál, no será demasiado creíble, así que optad mejor por la primera opción. Aquello empezaba a no cuadrarme. —¿Por qué estoy aquí sola, Mamma? —Porque eres la única que puede manejar esto sin ser descubierta. No te ofendas, tus chicos son buenos en lo suyo, pero la cabeza pensante eres tú. Esos idiotas no podrían soportar la presión de lo que se os está pidiendo, flaquearían. Tú estás hecha de otra pasta. —Es decir… —Tomé asiento, ya que las piernas comenzaban a fallarme —. ¿Bambini quiere que seamos sus topos? —No has podido definirlo mejor, mocosa. Mientras tanto, en algún lugar del burdel, Bastian se ponía al día con aquella prostituta que tan bien conocía, ignorando por completo lo que pasaba al otro lado de aquellas paredes. —Vamos, Tammy, pero qué esas excusas de mierda son esas —bromeaba sin perder la sonrisa —. Llevamos semanas sin vernos porque has estado demasiado ocupada haciéndote la manicura como para pensar en tu chico favorito. La asiática rió mientras pegaba leve empujones a Bastian. —¡No digas estupideces! —exclamó, siendo el acento extranjero claro en su voz —. No he tenido tiempo de llamarte porque estaba trabajando. —Bla, bla, bla —dijo, poniendo los ojos en blanco, para luego abalanzarse de manera repentina sobre la chica para hacerle cosquillas. Esta chilló entre carcajadas agudas, para luego separarse. —Venga ya, eres un cuentista —le señaló con un dedo, sin perder la sonrisa —. Vienes aquí después de siglos sin presentarte, y pretendes hacerme sentir culpable por no ir a regalarte el oído. Pero, ¿tú quién diablos te has creído? Ambos rieron ante el silencio delatador de Bastian. —Está bien, está bien —Le acarició la pierna con gentileza —. Tienes razón, si quiero ganarme tu simpatía tendré que pasarme por aquí más a menudo. Entonces, sus dedos emprendieron un recorrido lento hacia arriba, hasta rozar los bordes de su falda. Esta, al sentir el calor encender sus mejillas, se levantó de un salto y se alejó de espaldas, tratando de aparentar tranquilidad. — No es por cortarte el rollo, pero tengo que trabajar. En nada empezaran a llegar clientes, ya sabes. El pelirrojo asintió con una comisura curvada ligeramente hacia arriba, y se despidió amablemente de la chica, quien, pasó el resto de la jornada rememorando el calor de la mano de Bastian sobre su piel una y otra vez. Esperé a Bastian en la salida para marchamos juntos a casa, donde encontramos a Larissa haciendo cosas propias de una niña de su edad, lo cual, me tranquilizó bastante. Unos días más tarde, al salir de mi habitación, descubrí una mesa de ajedrez en nuestro salón, y a esos dos frikis jugando como si les fuera la vida en ello. Por un lado, sentí la necesidad de gritarles por haberse gastado el dinero como si nos sobrara en algo tan innecesario como aquello, pero cuando vi la emoción resplandeciendo en los ojos de Larissa, sentí la necesidad de dejarlo pasar. Aquella misma mañana, noté a Bastian muy atento al teléfono, lo cual, era extrañamente poco habitual en él. Sin tener que acercarme a curiosear, supe que se trataba de aquella prostituta vietnamita, que tan distraído lo tenía últimamente. No tenía idea de qué pudieron hablar aquel día en el burdel, pero estaba claro que eso los había unido el uno al otro. Y por alguna maldita razón, a duras penas podía soportarlo. Sin mediar palabra, el pelirrojo se encerró en su habitación para vestirse y a los pocos minutos, abandonó la misma para salir por la puerta principal a toda prisa. No hacía falta preguntar para saber a dónde iba. Sin querer pensar en exceso, me pasé el resto del día estudiando las partituras que tocaría en la fiesta de los Thao, ahora que me tocaba ser quien se encargara de solucionar este marrón. —¡Qué bien te veo, Tammy! Y eso que es difícil superar a tu uniforme del trabajo —bromeó, recorriendo el cuerpo de la chica con su mirada. —¡Anda, no seas tan cerdo! —Le propinó un pequeño empujón de manera juguetona — O harás que me arrepienta de haber venido. No tengo demasiados días libres, ¿sabes? —No te preocupes, Tam —Dio un paso para acortar las distancias entre ellos —-. Será un día memorable. Y como si fueran un par de críos, pasaron la tarde haciendo castillos de arena en las afueras de la ciudad, como si el peligro no acechara allá donde la vista alcanzase. Cuando el sol comenzó a ceder, y las rodillas de Tam se encontraban completamente raspadas por el esfuerzo, el hombre de cabellos pelirrojos permitió que esta descansara sobre su pecho mientras que observaban el atardecer en silencio. Entre miradas fugaces y pequeñas sonrisas ambos entendieron lo que sucedería a continuación. Algo que no era la primera vez que ocurría, pero que, sin embargo, era tan especial y emocionante para ellos, que no pudieron resistirse a que ocurriera. Entre besos torpes, pero apasionados, sus corazones latían a un ritmo desenfrenado, ocultos en aquellos baños en algún lugar de las afueras. Las respiraciones descompasadas cubrían el absoluto silencio de aquel lugar, en el que secretamente, compartían el momento que más tiempo llevaban esperando, después de semanas sin verse. Vigilando que nadie interrumpiera el apasionado momento que estaban compartiendo, consumaron aquello que aún no podía llamarse amor, pero que no preocupaba a ninguno de los dos, pues no eran necesarias las etiquetas para poder dejarse llevar como unas bestias sedientas del cuerpo del otro. No tuve que preguntar lo que había ocurrido, ya que, la rebosante alegría de Bastian inundó la casa desde el momento en que cruzó el umbral de la puerta. Jamás lo admitiría, pero en aquel momento, a penas podía mirarlo a los ojos sin sentir una rabia arrasadora. Para sumar puntos a mi creciente mal humor, cerca de la media noche, alguien llamó a la puerta. Como no podía ser de otra manera, era una de las víctimas de Bastian. Ya era costumbre para nosotros que las mujeres que habían irremediablemente caído en las redes de ese hombre, vinieran a buscarlo. Sedientas de más. Sobre todo, aquellas con las que Bastian había tenido sexo. Y como, siempre, quien tenía que cargar con el marrón de la situación era yo. —¿Quién demonios eres? —inquirí con desgana. —Tengo entendido que aquí vive Bastian Marini —respondió, escudriñándome con la mirada. En qué momento se le escaparía a ese idiota algo tan básico como su apellido. Entonces, caí en la cuenta de que esa maldita demente pudo haber rebuscando en su cartera hasta dar con su identificación. —No tengo ni idea de quién coño eres, así que lárgate —dije con desgana —. Bastian está durmiendo y no quiere ver a nadie. —Eso no lo puedes saber, Bastie estaría encantado de verme. Anda, ve ahí dentro y dile que su amiga Eliza ha venido a verle. Observé en silencio a esa zorra, provocando una incomodidad inmediata en ella al no pestañear, ni apartar aquella mirada de absoluto desprecio. —¿Qué te pasa, tía? ¿Es que a caso estás sorda? Di un paso al frente, haciendo repiquetear la madera bajo mis tacones, y esta abrió los ojos como platos y dio uno hacia atrás. —Lárgate —pronuncié muy despacio, haciendo énfasis en cada sílaba —. Mi marido no quiere verte, ni hoy ni nunca, así que ni se te ocurra volver, o yo misma me encargaré de hacerte trocitos y meterte en una maleta. ¿Ha quedado claro? Su rostro palideció. —S-Sí… Yo ya me… ya me… iba… Volví al interior de la casa, sintiendo a mi corazón latir desbocado, no por haber amenazado a una completa desconocida con descuartizarla, sino por haber utilizado aquella palabra para referirme a Bastian. Marido. Sacudí la cabeza, tratando de espantar esa idea, que parecía afectarme más de lo que debería. Tratando de serenarme, entré al baño y me dispuse a limpiar al comprobar lo asqueroso que estaba, y a los pocos minutos, la puerta que se encontraba detrás de mí se abrió. Vi a través del espejo como Bastian entraba en silencio y me dedicaba una leve sonrisa, para luego ponerse a limpiar junto a mí. No nos dijimos nada, sólo permanecimos en aquel reducido espacio el tiempo que fue necesario hasta dejar las superficies brillantes. Tan sólo nos dedicamos fugaces miradas entendiendo que el silencio estaba bien, que ninguno de los dos quería hablar, porque nos encontrábamos terriblemente cansados. Al terminar, nos dimos las buenas noches, y el hombre de cabellos rojizos se metió en su habitación, donde antes de introducirse en la cama, dedicó una breve mirada al cuadro que descansaba en una esquina de la misma.   Disculpad la tardanza! Espero que os haya gustado este nuevo capítulo
    • rotten.girl
      (Sims 4) Legacy D'angelo
      CAPÍTULO 1   Evelyn   Aquella mañana me desperté como casi todos los días: odiando cada segundo de mi existencia. Como de costumbre, me golpeé la cabeza con el frío metal de la pistola que solía guardar debajo de la almohada, y me sorprendí al percatarme de que la habitación estaba vacía. Larissa se había marchado a clase. Aunque pareciéramos unos capullos sin moralidad, habíamos escolarizado a la cría para que al menos pudiera optar a algo a lo que nosotros nunca pudimos. Además, aunque me jodiera admitirlo, esa pequeñaja le daba al coco. Era más lista que todos nosotros juntos. Así que sin darle más vueltas al asunto, me vestí y sin saludar a nadie me marché a las afueras de la ciudad a rebuscar entre los escombros de la zona abandonada. Últimamente, nuestro contacto más directo junto a la mamma, no había requerido de nuestros servicios. Aunque pareciera sorprendente, matar pandilleros no tenía demasiada demanda. Y como yo me negaba en rotundo a unirnos al negocio corrupto de la mamma, sólo podíamos esperar a la llamada de Rayleight. Por lo que, teníamos los bolsillos prácticamente vacíos, y pocas esperanzas de que nuestra situación mejorase. Así que harta de llenarme las uñas de mierda, opté por lo que mejor se me daba: hacer dinero a las malas. No es que me enorgulleciera, pero los dos vagos que tenía parasitando bajo el mismo techo se negaban a desenfundar a menos que hubiera una buena razón. Para mí, pagar el alquiler de una casa que a duras penas podíamos permitirnos, era motivo más que suficiente. Tan solo le saqué 69 dólares a aquella momia andante, pero desafortunadamente, la conmoción del momento lo llevó a desmayarse. No me paré a comprobar si tenía pulso, lo cierto era que tenía prisa. Cuando llegué a casa, encontré a los dos chicos sentados frente al televisor aún con el pijama puesto. Verlos disfrutar del telediario como si no tuviéramos que hacer de las peores cosas para sobrevivir hizo que me hirviera la sangre. Así que, sin mirar siquiera a Niccolo, tomé asiento junto a su lado, y, a continuación, me encargué de hacerle saber de la manera menos delicada posible a Bastian que no nos llegaba la pasta para pagar las facturas de ese mes. — Necesitamos al menos seiscientos y a penas llegamos a doscientos —espeté —, y esto no es hacienda, es un puto cabrón con un centenar de hombres bajo su mando. Si no le pagamos la renta de este mes, lo que menos miedo debe de darte es que nos ponga de patitas en la calle. —Vamos, no seas así —dijo en su habitual tono despreocupado —. Rayleight ya es casi como de la familia. Si no podemos pagarle este mes, lo entenderá. No ha habido apenas trabajo. —Creo que no logras entender la puta magnitud de todo esto. Ese cabrón, a diferencia de lo que crees, no es tu papaíto, es un puto capo de la mafia —Sus ojos se abrieron de par en par —. Te podrá tratar con amabilidad, y hacerte sentir que eres como su propio hijo. Pero si no ve la pasta a finales de este mes, no dudará en hacerte pedazos. Así que hazte un puto favor, Bastian, y empieza a usar esa jodida cabeza si es que tiene algo dentro. —Pero, Ev… —Cierra la boca —le corté, odiando que me llamase de aquella forma —. Rayleight sabe que no es la única persona con la que trabajamos. Por eso nos pide la pasta, a pesar de que él mismo nos consiguió la casa y nos dejó entrar sin poner un sólo duro. Por lo que, si valoras un poco tu vida, me ayudarás a conseguir lo que falta, aunque sea metiendo la mano en el bolsillo de cada desgraciado de esta ciudad. —De acuerdo —respondió, sin un sólo ápice de diversión en su rostro. Niccolo seguía comiendo patatas fritas en silencio, ignorando aquella conversación por completo, cuando me levanté y me fui a mi cuarto a descansar.   Al poco, el pelinegro marchó a recoger a Larissa de clase, y cuando llegaron se quedaron un rato hablando fuera entre susurros. Era una especie de ritual de ellos, nadie tenía ni puta idea de qué cojones podrían estar hablando, pero estaba claro que aquel era su momento favorito del día. Como de costumbre, Bastian salió a saludar a la cría y esta no le dirigió ni la más mínima palabra. Yo le hice una seña desde la ventana, ya que dio la casualidad de que justo en aquel momento había asomado la cabeza para fumar. Aquella tarde, Niccolo y Larissa se quedaron fuera de casa haciendo un proyecto escolar, y como no podía ser de otra manera, el asiático se ofreció enseguida para ayudarla. Por lo que, viendo la poca disposición del muchacho a colaborar en nuestra operación de hacer dinero de manera urgente, me puse de acuerdo con Bastian para marchar a la ciudad, ya que casualmente se estaba celebrando un festival en una de las grandes plazas. Como era normal, infiltrarnos en un lugar lleno de gente, era una idea cojonuda para conseguir pasta. Además, habíamos oído por ahí que daban una recompensa económica a quien ganara el primer premio de no sé qué mierda de competición. Esos pijos debían tener una vida tan jodidamente aburrida que no se les ocurría una manera menos estúpida de malgastar su dinero. Por lo que al poco tiempo, nos pusimos en marcha. En cuanto pusimos un pie en el centro de la ciudad, supe que aquel lugar no era para nosotros. Sólo los que se ganaban la vida de manera honrada, podían optar a no vivir entre las ratas. Me daban tanta envidia que podía jurar que me escocía la piel. Una vez en el festival, tratamos de mezclarnos entre la gente, con la intención de imitar su comportamiento para pasar desapercibidos. Yo me dediqué a participar en los absurdos juegos, mientras que Bastian en algún punto… se desvió y empezó a hacer de las suyas. Lo cierto era, que no siempre nos habíamos dedicado al dinero manchado de sangre. En nuestros inicios éramos unos patéticos ladronzuelos que hacían de las suyas por la ciudad. Solíamos atacar pequeños negocios por la fuerza, aunque aquello no nos resultó lo más cómodo a largo plazo, ya que, nuestras caras comenzaron a destacar en los carteles de búsqueda. Por lo que, en medio de la desesperación, tuve una gran idea. Recuerdo estar mirando el rostro de Bastian atentamente, y que algo se encendiera dentro de mí. Estaba claro. Habíamos tenido una llave maestra en nuestras manos desde el principio, y jamás la habíamos utilizado. El pelirrojo no sólo era atractivo, sino que también era poseedor del don de la palabra. Así que, a partir de aquel momento, dejamos de atracar antros a mano armada, y permitimos a Bastian conseguir dinero a costa de la ingenuidad de algunas mujeres. Puede que al principio a Niccolo y a mí nos pareciera una idea nefasta, pero con el tiempo, nos dimos cuenta de que no eran tan malo dejar actuar a nuestro chico por su cuenta de vez en cuando. Fue algo difícil para mí aceptar aquello como una forma de ganarnos el pan. Seguía sin gustarme de todo el concepto de usar a Bastian como una herramienta, o más bien, como un objeto. No podía olvidar el lugar del que procedía, y por mucho que aquello no se pareciera en nada a lo que se hacía allí, no podía evitar pensar en el burdel, y en lo mucho que odié cada segundo que permanecí entre sus cuatro paredes. No quería convertir a Bastian en nuestra putita, eso no era lo que nosotros hacíamos. A pesar del esfuerzo mental que hice para que aquello no me desagradara tanto, no pude evitar sentir una punzada en el pecho cuando me encontré de frente esa escena mientras que buscaba los baños. No entendía por qué aquello me afectaba tanto, si estaba claro que Bastian estaba encantado de sacar a relucir sus habilidades, y de vez en cuando, llevarse una “comisión” por ello. Era obvio a lo que se refería por comisión, pero ya tuve esa charla con él cientos de veces, o más bien, le grité ciento de veces por acostarse con nuestras víctimas. Qué podía hacer… ese cabrón era un mujeriego sin remedio. Hice un esfuerzo titánico por no meterme en medio de ellos, e impedir que el pelirrojo tirase la poca dignidad que le quedaba a la basura. Pero al observar la cantidad de billetes que extrajo del interior de su bolso cuando esta se giró a enseñarle algo, me tranquilicé y me marché de nuevo adonde se encontraba el gran tumulto. Allí continué con el plan inicial, seguir mezclándome con la gente y participando en los juegos que había establecidos por el festival. Pero en medio de los diamantes se pueden encontrar impurezas. Y como estaba previsto, alguien me pilló haciendo de las mías. Pero en vez de sacar el teléfono para llamar a la policía, sacó un cuchillo. Estaba claro que veníamos del mismo barrio. Como era obvio, no iba armada en aquel momento, así que lo más inteligente que se me ocurrió fue tratar de tirarle el cuchillo de la mano. En cierto modo salió bien, porque lo conseguí, pero en el proceso me llevé un buen puñetazo en medio de todo el careto. Le habría felicitado por aquel impresionante gancho de derecha, pero para mi buena suerte, ya la habían agarrado entre varios. Aproveché la distracción para salir de allí, perdiéndome entre la enorme masa de gente que se había formado a nuestro alrededor. Cuando por fin conseguí salir de entre todos aquellos cuerpos unos brazos me envolvieron. —Ponte esto, nos largamos —dijo el pelirrojo ofreciéndome un jersey de color naranja. Me fijé en que él también se había cambiado de ropa, cuando desvié la mirada de su mandíbula contraída. Estaba enfadado, y por algún motivo, me resultaba agradable. Me deshice de esos pensamientos mientras que me vestía a toda prisa, y me marchaba tomada de su brazo. Cuando llegamos a casa tanto la cría como el asiático estaban dormidos, así que con ayuda de Bastian y tratando de hacer el menor ruido posible, me tumbé sobre la cama con todo dándome vueltas. Ese puñetazo me dolería unos cuantos días. A las tres de la mañana, me despertó el sonido de los guantes de boxeo de Niccolo impactando contra el saco. Como siempre, el jodido amarillo tenía insomnio y se dedicaba a amargarnos la existencia a los demás en consecuencia. El hecho de que fuera el único que no disponía de cama, y que por tanto, durmiera en el sofá, podía ser gran causa de ello. A esa misma hora, Larissa empezó a lloriquear a causa de sus terrores nocturnos. No la culpaba, haber tenido una infancia tan dura te cambia la vida por completo. Un par de minutos más tarde, llegó Niccolo y trató de consolarla en silencio. Como era normal, la mocosa se tranquilizó y este volvió a acostarla de la manera más delicada posible. A la mañana siguiente, nos despertó una tormenta. Larissa marchó a clase como todos los días, y a mí me sacó de la cama una llamada de lo más inesperada. Con el corazón en la garganta, tomé una ducha rápida y salí a contárselo a la persona en la que de momento más confiaba. — La cabeza de familia de los Thao quiere reunirse con nosotros —Dejé salir las palabras a toda prisa como si se me estuvieran atragantando. —¿Bailee? —repuso Bastian con extrañeza. —Pues claro, ¿quién sino? —Resoplé con cansancio. Su actitud a veces podía ser un incordio. —En ese caso… —Su expresión se torció en esa sonrisa que a duras penas soportaba —. No la hagamos esperar. —Escúchame, puto cretino —Le tomé de los hombros con fuerza sin apartar mi mirada de la suya —, hoy no te necesitamos, ya me entiendes… —Vosotros siempre me necesitáis. O te recuerdo quién te salvó ayer... —Ya basta —Lo solté, casi ofendida —. Lo que quiero decir es que puedes venir con nosotros, es decir, tienes que venir con nosotros. Ya que, ha dejado bien clarito que quiere vernos a los tres. Pero… —Le señalé con un dedo amenazante — Te quiero calladito y asintiendo, tal y como lo hace tu amigo. Y yo me encargo de hablar, ¿lo has entendido? —Perfectamente, sargento. Me di la vuelta y me marché en busca de Niccolo, con su mirada aún clavada en mi espalda. A eso del mediodía estábamos frente a la mansión de los Thao, con el corazón latiendo a mil. Si un cabeza de familia se ponía en contacto contigo, sólo podían significar dos cosas: negocios o una muerte casi inmediata. Y en nuestra situación, no sabía que nos venía mejor. A la llegada, nos recibieron dos hombres, uno de piel oscura y otro asiático. No tenía la menor idea de quiénes eran, pero nos condujeron sin soltar una sola palabra hacia la terraza trasera de la casa, donde se encontraban las gemelas Thao: Bailee y Ada. Eran exactamente idénticas, pero cada una tenía el pelo teñido de un color diferente. Ambas tenían tan solo un año más que yo, y acababan de heredar el imperio de su padre. Bailee me recibió con una sonrisa complaciente al otro lado de la puerta, y verlas con esas pintas de aficionadas me hizo perder los nervios. —¿¡Pero tú quién coño te crees que somos!? ¡Que sea la última vez que te pones en contacto conmigo con tan poca antelación! ¡Jodida vietnamita de los cojones! ¡¿Es que allí nos os enseñan nada más además de coger un puto rifle?! Niccolo y Bastian observaban la escena en completo silencio. Para la sorpresa de todos, los guardaespaldas de la cabeza de familia no hicieron el amago de dar un paso hacia delante, y esta, en contra de todo lo esperado, dio uno hacia atrás. Lo sabía, eran un par de novatas que no se habían puesto en contacto con unos cazarrecompesas en su puta vida. —Querida, yo… —Cállate, joder —la corté —. Si quieres que hagamos algo por ti muestra un poco de profesionalidad, ¡me cago en la puta! El guardaespaldas asiático dio un paso al frente. — De acuerdo, señorita. Vamos a calmarnos —Posó una mano sobre mi hombro con algo más de presión de la cuenta —. Puede que nuestro método no haya sido el más adecuado, pero por favor, entienda que la señorita Thao acaba de incorporarse al puesto y aún no entiende del todo cómo se deben hacer las cosas. —Entiendo —escupí, sin abandonar los ojos de Bailee —. Y no me toques, joder. Aparté su mano con desprecio, y este me hizo una seña con la que tenía libre para que entrase al interior de la casa. Querían hablar en el salón, qué cliché. —Bueno, antes de comenzar me gustaría dejar un par de cosas claras —anunció Bailee —. Tanto mi hermana como yo somos medio americanas, y ni siquiera hemos pisado Vietnam en toda nuestra vida, así que si puedes evitar los comentarios xenófobos te lo… A Niccolo se le escapó una carcajada silenciosa tras el discurso de Bailee. Puede que entre mestizos se entendieran. —Al grano, Bailee —la interrumpí. —De acuerdo… —Agachó la cabeza —. Yo soy la que está al mando, así que responderéis ante mí. Eso ya me empezaba a gustar más. —Está bien, tú eres la jefa —Enderezó la espalda con un aire de superioridad tras mis palabras —. Así que dinos, Thao, ¿qué quieres de nosotros? Carraspeó con incomodidad para luego alzar el mentón. —Quiero que nos asociemos. La sonrisa del pelirrojo se estiró por toda su cara mientras que yo sentía que me atragantaba con mi propio oxígeno. —¡Eso es genial, Bailee! —exclamó Bastian en un alegato de confianza, no se debía ser tan cercano con los cabeza de familia —. ¿Te puedo llamar así, verdad? De repente, toda la atención de la líder de los Thao estaba puesta en el pelirrojo, y de una manera que no me gustaba nada. —Claro, querido —Sus mejillas se encendieron —. ¿Cuál es tu nombre? —Me llamo Bastian —Se enderezó sobre el asiento —. Pero tú puedes llamarme cuándo quieras. Una carcajada coqueta, casi propia de una adolescente, escapó de la boca de la cabeza de familia. —Dios, ¡qué gracioso eres! —Me lo suelen decir —se jactó, con el ego casi por las nubes —. Además de otras cosas... —¿Qué tipo de cosas? Si es que se puede hablar de ellas, claro… —No creo que este sea el lugar adecuado para hablar de ello, señorita Thao —Sonrió con picardía. Esta se llevo una mano a la boca para tratar de silenciar una exclamación. —Por favor, llámame Bailee. Empezaba a cansarme de aquella situación, pero después del espectáculo de la entrada debía dejar que las habilidades de Bastian calmasen el ambiente, y que pusieran a Bailee, de cierta forma, a nuestro favor. Entonces, Bastian se puso de pie, y supe que la negociación, fuera la que fuera, ya estaba cerrada. —Y, ¿por qué no me cuentas más acerca de esa alianza, Bailee? —dijo, antes de plantar un beso en sus manos. —Pues verás... Tras un largo rato de debate por las condiciones, conseguimos hacerla ceder, y era como si prácticamente hubiéramos escrito el contrato nosotros. —De acuerdo… —aulló con cansancio —. Vosotros ganáis. — Es un placer hacer negocios contigo, Thao —sentencié. Sin embargo, aquella alianza no terminaba de parecerme una buena idea. Pues todos saben, que lo que más valoran los cabeza de familia es la lealtad de sus peones, y nosotros ya servíamos a una familia. Puede que sus negocios no fueran a entrar en conflicto, pues estos eran distintos, pero… ¿Qué opinaría de esto Rayleight? Aparté esos pensamientos de mi cabeza, y comencé a caminar en dirección del objeto que llevaba seduciéndome más de una hora y media. El gran piano de cola que había en mitad de la sala. Me senté y mis manos viajaron casi como si tuvieran vida propia a las teclas. No era demasiado buena, pero en mis ratos libres me había dedicado a jugar con el piano que había en el burdel cuando tan solo era una cría. De pronto, me percaté de la ausencia de Niccolo, pero no me costó suponer que estaría fuera jugando al ajedrez con la hermana de Bailee. Tras unos minutos dejándome llevar por el sonido del enorme instrumento, una figura apareció a un lado del piano. —No sabía que usted tocaba —dijo el guardaespaldas asiático. Mis cejas se arrugaron a causa de la sorpresa. No tenía ni idea de quién era este tipo, y por qué cojones me estaba hablando. —Oh, disculpe. Creo que no nos han presentado, mi nombre es Shen —Hizo una leve reverencia en mi dirección. —Evelyn —respondí con sequedad. —Lo sé, al igual que conozco los nombres de sus compañeros —rió tratando de ser amable —. Lo que no sabía es que era usted una virtuosa. —Venga, tío. No hace falta que me hagas la pelota de esa manera —reí con naturalidad. Por algún motivo la presencia de aquel sujeto no me desagradaba del todo —. Soy una aficionada, pero me gusta tocar. Sonrió mostrándome su perfecta dentadura en respuesta. —Es obvio que le gusta —comentó—. Puede que su técnica no sea la mejor, pero toca con gran sentimiento. Es todo un placer escucharla. Abrí la boca para contestar, pero este no me dejó terminar de hacerlo, pues con un movimiento elegante se sentó a mi lado en el piano, y comenzó a tocar con suma precisión. Sin añadir nada más, permanecí observando en silencio sus delgados dedos pasear por las teclas creando un sonido casi perfecto. Estaba claro que por primera vez en mi vida, alguien me había cerrado la boca. Llegamos a casa antes de que se escondiera el sol. En la entrada, Larissa nos esperaba sentada sobre el yermo suelo. Al ver a Niccolo avanzar por delante nuestra, corrió para lanzarse sobre sus brazos y susurrar algo en su oído. Este se separó para contestarle: —Trabajo. Su voz eran tan grave y tosca que provocaba incomodidad sólo de escucharla. No podía entender cómo es que esa cría podía sentir algún tipo de aprecio por él. Esa misma noche, terminaron juntos el proyecto escolar de Larissa. Niccolo terminó agotado, pero a la pequeña aun le quedaban energías para seguir estudiando. Por lo que se quedó gran parte de la velada despierta, a su lado. Como siempre.   Muchas gracias si has leído hasta aquí!

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