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Lo que hay que ver (+18)(yaoi)


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Me dirigí al auto tanteando no derramar el humeante café, Olga me esperaba afuera.
—Como odio levantarme temprano. — resoplé malhumorado colocando la bebida en el posavasos desde la ventanilla y rascándome los ojos tras haberla saludado.
—Llegué demasiado temprano también, esperemos un poco.
—El problema no es ese de todos modos. — recosté mi peso en la puerta del auto y exhalé.
—Solo serán unos días — respondió amable, aunque también se veía somnolienta.
—Siempre y cuando la reunión vaya bien. —refuté— Lamento que debas recogerme, Oly, me siento como un niño dependiendo de su madre.
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Olga era mi asistente. Era una chica de carácter afable, de unos veinticuatro años; cuatro menos que yo. Alta, pero sin atributos destacables salvo por una sonrisa digna de un comercial de dentífrico, aunque quizá peque de ser demasiado observador. De modos sutiles, maravillosamente inteligente e indudablemente más que yo. Su cabello era casi cobrizo al igual que sus ojos y aún tenía mejillas de adolescente; regordetas y sonrosados, que enmarcaban una nariz pequeña y aplastada. Graciosa. 

En general su rostro era infantil, agradable. Creo que esa era la mejor palabra que podía definirla: agradable.

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En un principio quise cambiar de secretaria porque su actitud me resultaba insoportablemente sumisa, pero supe encontrar en Olga una compañera paciente y eficiente: terminé tomándole cariño. Aunque suele ser profundamente taciturna logré encontrar su disposición para reírse de mis estupideces de adulto quejumbroso.
Ella había conseguido el puesto de asistente gracias a una pasantía por su carrera de Ciencias Económicas, pero por su buen desempeño la contrataron indefinidamente en la empresa, a diferencia de mí, que era un simple acomodado. 
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No es que mi padre fuese el dueño multimillonario de una multinacional, simplemente era gerente en su sector y logró hacerme un espacio para poder ganarme mi propio dinero. Nada especial tampoco.
—Tranquilo, es mi deber como tu asistente.
—Tu deber es evitar que yo la cague, no hacer de niñera.
—No traes tus lentes.—dijo cambiando de tema, solía disgustarle mi vocabulario en ciertas ocasiones. 
Bufé.

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—Para lo que hay que ver.
Esa era mi cábala. Sólo usaba gafas cuando sabía que valdría la pena la vista. Tendía a usarlos al viajar, al trabajar, o con... bueno, da igual, se entiende. 

Tras ese intercambio de palabras emprendimos viaje.
Pasó la avenida principal y solo pude pensar «tres manzanas más y podríamos tirarnos al lago del parque central, con auto y todo». Deseo evitar esa reunión a toda costa. No es que odie mi trabajo, ni mucho menos, sé que me quejaría así trabajase de control de calidad de chocolates en Disneyland. Es sólo que el área en la que me desempeño (arquitectura) está llena de prejuiciosos inversionistas aburguesados que desean a toda costa aparentar que están rellenos de oro y buen gusto, en vez de grasa, y que tu eres un niñito de papá. 

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Es irónico que mencione lo burgués como algo malo yendo de traje en el auto de mi secretaria a trabajar. En mi adolescencia había abrazado la idea de un liberador anarquismo pacifista, pero no pude volver atrás sin sentir verguenza, no logré ver con los mismos ojos el que solía ser mi lugar, en el momento en que acepté este estilo vida, en el momento en que deseché mis ideales por una causa mayor... o eso creía.
Doblamos una calle antes de lo previsto, seguramente Olga se desviará del tráfico de medio día. El auto acelera un poco y adelantamos una sombra conocida «¿Será él? no, no, él es más delgado». Pero se parece. Se parece demasiado, y eso me oprime el pecho por minutos. 

Ya son más de las doce, el sol calienta el chapado del techo y justo cuando el calor comienza a molestar, llegamos. Casi salté del auto.

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Olga aparcó en el estacionamiento del edificio contiguo, detrás de un cine indie muy conocido por aquella zona. Tuvimos que preguntar si se podía porque estaba lleno de parquímetros y no parecía un aparcamiento público. 
Me puse aquél sombrero ridículo requerido tras bajar del auto. 
«Qué opaco se ha de ver mi traje con esto, y qué incómodos son los trajes» pensé mientras me desabotonaba otro botón de mi camisa y me masajeaba el cuello, intentando disminuir la tensión aplastante que tenía. 
Nunca me gustó el olor de los edificios en construcción, el color gris, los ladrillos sucios, los interiores con restos de masilla por todas partes y vacíos. Me resultaban desoladores. Me recordaban mis carencias.

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Di unos pasos buscando al jefe de la construcción y a su lamebotas hermano en busca de respuestas que me dejen huir lo más pronto de esa escena. Debíamos remodelar un antiguo edificio y llevaban semanas atrasados, por dentro aquél piso seguía siendo un asco. Se corría el rumor de que la familia de uno de los constructores ocupaba aquél piso horroroso durante las remodelaciones y yo había ganado el sorteo de idiota que debía desmentir el rumor. 
Vislumbré unas sombras a lo lejos, cerca de unas vigas que sostenían un dudoso techo de madera y me acerqué haciendo resonar mis zapatos.
«Ese techo no se ve seguro» no puedo pensar en nada más. La corbata comienza a apretarme. Corbatas opresoras, revolución contra las corbatas almidonadas, ajustadas y planchadas en la piel.
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Trago saliva y aprieto con fuerza el saco. El panorama es un chiste de película de culto: sin ninguna puta gracia.
Me acerqué lentamente a aquéllos hombres de sombrero verde oliva y frentes sudorosas, mechones húmedos pegados en sus caras. Camisas marrones enchalecadas que parecían querer explotar por rellenar cuerpos tan voluptuosos. Revisaban unos planos sin muchas ganas mientras reían a gritos sobre váyase a saber qué, ¿cuántos pecados al buen gusto cometerían con su sola existencia?
«...Y tengo que negociar con semejante presentación. Qué mal augurio»
Debo dejar de ser tan quejumbroso. 

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(...)

 

Bien, se había acabado, y mi lista de asesinatos seguía marcando cero. Y a pesar de no haber logrado entrar dentro del edificio, ha sido un éxito. Mañana podría corroborar el rumor de los ocupas; siempre habría tiempo para ser un desalmado.
Esperé a Olga apoyado en su auto ojeando el móvil mientras ella terminaba el papeleo irrelevante por mí. Sí, sé que no es muy caballeresco de mi parte dejarla sola con esos lobos sin pelo mientras seguramente la devoraban con la mirada, pero podía observarla y protegerla desde aquí, sin tener que tolerar sus chistes misóginos. Al menos frente a ella no los dirían.
Cuando volvió, sonrojada y con el ceño fruncido, expulsó:
—¿Es imprescindible trabajar con esos cerdos?  

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Una sonora carcajada mía resonó, aliviando su gesto furioso. Aunque no me reía de su padecimiento, sonaba muy tierna su voz aguda al insultar, era como si te golpeasen con un oso de felpa; no podías tomártelo del todo en serio.
—¿Tan grave fue? —sonreí mientras colocaba el móvil en el bolsillo de mi saco, ella asintió más calmada— entenderé si la próxima vez deseas que esté ahí hasta el final de la reunión.
—Oh, no, no te necesito —farfulló, más sonrojada que antes. 
—¿Por qué te sonrojas? No quise ofenderte, pequeña osita empoderada. —dije con una sonrisa y batiéndole un poco el pelo, su rostro se tornó en un tono carmín.
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Olga me había comentado, unos días después de que comenzara a trabajar en la empresa, que sólo se sonrojaba por enojo o por vergüenza; y por alguna razón desde hacía varios meses siempre sucedía cuando intentaba ayudarle. 
Creo que erróneamente suponía que estaba subestimando su esfuerzo, tratándola de inútil, o algo así, y eso le resultaba ofensivo. 
Me acomodé en el asiento del acompañante.
—Paul... necesito decirte algo. —escupió Olga adentrándose en el auto tan rápidamente que casi no pude entender lo que dijo.

Oh,  no. No, no, no.

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Entré y me giré para verla mejor. Estaba con el rostro de varios tonos, mirándome de reojo como si temiera que la atacara, sujetando con fuerza el volante y respirando pesadamente, cada bocanada de aire parecía resistirse a entrar a su boca.
—Me estoy preocupando, Oly, hey, no te ves para nada bien.  
—No lo estoy, pero necesito decirte algo... —su rostro giró en mi dirección, le temblaba el cuerpo. 
Parecía que en cualquier momento iba a desfallecer.
—¡Pero si estás roja y te tiemblan las manos! ¿te sientes bien? —coloqué la palma de mi mano en su frente— no tienes fiebre, quizá te insolaste.

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Sí, era un poco paternalista.
—Yo...
—¿Si?
—Necesito que sea ahora... Necesito contártelo. 
Fuera lo que fuere, no podía ser tan importante como para obviar lo enfermiza que se veía. Todo su rostro se había descompuesto entre el colorete, sus manos temblando al igual que su labio inferior y sus ojos abrillantados que no paraban de moverse. A lo mejor quería renunciar dentro de poco, pero eso era irrelevante en aquél momento. 

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Si Olga enfermaba tendría que prescindir de ella por unos días y reitero, en mi rubro esa no era una opción viable.    
—Escucha, Oly, espera. Te conozco, tu cuerpo no reacciona así por nada; algo te pasa —tomé sus manos, se veía afiebrada y sus ojos no paraban de moverse— Ve a casa y descansa, ¿si? te doy el día libre.
—De... acuerdo... pero...
—Hablaremos después, lo prometo. Además, si vas a pedirme un aumento me tomará tiempo encontrar una buena excusa para declinar tu petición.
El silencio reinó ante mi pésimo chiste y su semblante cambió a uno levemente más relajado.
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—¿...Puedes volver solo a tu casa?—susurró cabizbaja.
—Por supuesto. —salí del auto tras besarle la mejilla— Tomaré un Uber, no creo que se me dificulte encontrar uno —señalé con mi mano la cantidad de vehículos que nos rodeaban—nos vemos —sonreí, ella no dijo nada y arrancó a toda prisa.
Sentí una extraña incomodidad entre nosotros y la sensación punzante de culpa, como cuando se dice algo inintencionadamente cruel.  
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No pude evitar mirar cómo el auto se perdía entre el pavimento buscando la respuesta a estas sensaciones y a la inevitable curiosidad de lo que Olly quería decirme.
¿Renunciaría? ¿Estaría embarazada y querría que yo sea su padrino?
Cuando giré con la intención de usar mi móvil para conseguir transporte me encontré con la mirada fija y burlona de un moreno, casi reprimiendo la carcajada. No pasaría de los veinticinco años, estaba sentado en el piso del estacionamiento usando un auto de respaldo y fumando un cigarrillo.

Su rostro anunciaba que no se limitaría a ser sólo un espectador. 

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Editado por Barbs
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    ¡¡¡Wow qué Sims más guapos!!! No me quiero imaginar lo que los obreros le dijeron a Olga jajaja. Le seguiré la pista a tu relato, me muero por saber lo que Olga le tiene que contar a Paul. 

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      Oh!,me gusta como va todo,el protagonista es muy gracioso y lo que tiene que decir Olga ya me lo imagino :unsure: pobre de ella.por cierto tienes experiencia escribiendo Fanfics?

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        Hola,te felicito esta muy bien relatado.debo reconocer que no me cae bien el protagonista y me da pena su secretaria que no tiene la fuerza necesaria para hablar de algo serio con su jefe lo que creo que es amor .me da curiosidad saber quien es el del estacionamiento y de que se ríe 

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          On 7/10/2017 at 13:08, Dav_o said:

          Oh!,me gusta como va todo,el protagonista es muy gracioso y lo que tiene que decir Olga ya me lo imagino :unsure: pobre de ella. por cierto tienes experiencia escribiendo Fanfics?

          Jajaja, el quejumbroso Paul <3 He escrito alguno pero nunca en foros de los sims, y nunca con imágenes de estas. Me encanta la oportunidad de editar escenarios que dan estas historias, lo voy a disfrutar muuucho.

          hace 9 horas, Dractem said:

          Hola,te felicito esta muy bien relatado.debo reconocer que no me cae bien el protagonista y me da pena su secretaria que no tiene la fuerza necesaria para hablar de algo serio con su jefe lo que creo que es amor .me da curiosidad saber quien es el del estacionamiento y de que se ríe 

          Nuestro personaje misterioso pronto hará su entrada inaugural, muojojojo. Gracias por apreciar el relato, en breves actualizaré. c: 

          On 7/10/2017 at 21:46, Camiii said:

          ¡¡¡Wow qué Sims más guapos!!! No me quiero imaginar lo que los obreros le dijeron a Olga jajaja. Le seguiré la pista a tu relato, me muero por saber lo que Olga le tiene que contar a Paul. 

          Ay, gracias miles por lo de los sims y por leer, sentí pena porque Olga me gusta bastante y Paul la desprecia estéticamente, ay, este hombrecito jajaja.

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            Capítulo 2.

             

            —La has cagado, hombre.
            —¿Perdón? —me acerqué un poco, con el ceño fruncido— ¿me hablas a mí?
            —Cómo se nota que no te gusta ni siquiera un poco —rió, dando una última calada a su cigarrillo antes de desecharlo y ponerse a mi altura—, tampoco te lo has planteado como algo hipotético, la has mandado al cuerno directamente, qué galán.    
            —¿De qué mierda hablas? —comenzaba a irritarme. 
            Sí, me irritaba con mucha facilidad, y mi lenguaje no era el más exquisito cuando eso sucedía.
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            —Se te iba a declarar. Si es que eso no fue lo suficientemente obvio.  
            Vaya. En ese caso definitivamente la había cagado. No pude evitar suspirar ante la posibilidad de la idea y todo lo que ello implicaría.
            —Deseo profundamente que te equivoques... —respondí suspirando y masajeando el puente de mi nariz. Comenzaba a echar de menos mis gafas.
            —Yo también, nadie merece ser rechazado por alguien tan torpe.
            Me tragué las palabras y la molestia que sentía por ese exceso de confianza.
            —¿Trabajas aquí? —pregunté arbitrariamente, no quería ahondar el asunto de Olga con aquél extraño. Comenzaba a sentir cómo mi abdomen se inflaba de la frustración.
            —Sí, sube.  

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            Me acomodé en medio del asiento trasero, el viaje sería largo. Comencé a contar con mis dedos las pistas que tenía para sospechar de un supuesto amor por parte de mi asistente porque aún no podía creer que se tratase de eso. 
            Este extraño no conocía a Olga, ¿cómo iba a saber él lo que ella quería decirme? No tenía sentido. Aunque, si te ponías a unir cabos sueltos... 
            Esperen. Sí. ¡Olga se me iba a declarar! ¡Qué estúpido fui! 
            No pude evitar cabecearme contra la ventanilla una y otra vez al ritmo de «estúpido, estúpido».
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            Debió sentirse realmente impotente y humillada ante mi reacción. Oh, pequeña... Pero debía pensar en frío, ¿realmente yo quería que se me declarase? No, en absoluto. Mi visión sobre aquella mujercita era plenamente laboral, hasta amistosa; pero definitivamente el romance estaba bastante alejado del panorama y aquella no fue la forma correcta de hacérselo saber.
            El lunes a primera hora le preguntaría abiertamente si yo le gusto, y luego la rechazaría con suma cordialidad.

            Una voz en mi cerebro chilló sarcásticamente "¡Sí! Ese plan era infalible, ¿verdad? Ella se quitaría ese peso de encima, y yo el mío al rechazarla. Eso optimizaría nuestro trabajo... alcornoque". Definitivamente, en una mujer como Olga, sólo haría las cosas más incómodas. Debía manejarlo con suma delicadeza.

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            El viaje se me estaba haciendo eterno porque no podíamos salir de la zona comercial, culpa de un horroroso embotellamiento más adelante, únicamente en nuestro carril, y mis ojos en una búsqueda desesperada de entretenimiento se clavaron en el joven chofer en frente mío.
            Su cabello desaliñado era de un tono azabache, de piel bronceada. Noté por el espejo retrovisor que sus ojos eran de un celeste natural (a simple vista juzgué que eran lentillas), en una de sus cejas tenía un corte que en él no se veía tan vulgar como suelen lucir y sus pestañas se veían espesas y rectas desde el asiento de atrás, como si fueran una flecha que apuntan el camino a casa. Sus labios eran carnosos y su nariz era normal, aunque algo respingada. Para ser tan moreno sus facciones no dejaban de ser delicadas.

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            Su mueca no cambiaba de una sonrisa pícara y su boca solo se abría para absorber bocanadas de sus cigarrillos, pero tras varios minutos de silencio y de dudas como «¿por qué no estás en la escuela?», «¿por qué fumas?», «¿por qué escuchas conversaciones ajenas?», solo se me ocurrió una pregunta certera.
            —¿Cuál es tu nombre, niño?
            —Tyler.  
            —Tyler... —susurré, saboreando aquél nombre para no olvidarlo— ¿no te parece poco profesional trabajar y fumar al mismo tiempo? —no contestó— ¿Podrías, por favor, apagarlo?
            —¿Por qué debería? —cuestionó tras darse vuelta por escasos segundos con una mueca desafiante.

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            — Porque es desagradable, no tengo por qué ser un fumador pasivo. Sin contar cómo se impregna el humo y que tu boca huela a chimenea industrial.
            — Mi boca, ¡ese es el problema! 
             —¿Disculpa?
            —¿Temes que te guste? 
            —Qué ridículo —bufé.
            —De todos modos, debo decirte que no estoy en plan de conseguir un sugar daddy, al menos por ahora —contestó sonriendo.  
            —Creo que no terminaré este viaje.
            —Lo que digas.

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            —Si dejas de fumar podrías ser un buen chofer. De hecho, estaré volviendo por trabajo a esta zona y necesito movilidad fija.
            —¿Ofreces trabajo a extraños?
            —No todo el mundo se plantea lo peligrosos que son los choferes o los taxistas. Es un extraño que conoce al menos dos locaciones tuyas. Que te tiene encerrado y a su merced. No lo soporto. Sólo digo que es mejor conocer a quién te lleva y te trae.
            —Debes ser un tipo muy relajado, ¿verdad? —dijo riéndo sarcásticamente.

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            —Dame tu tarjeta. Te necesito a las ocho y a las dos de la tarde, ¿afectará ese horario a tus recorridos de Uber? —dije mirando mi reloj de pulsera.
            —Oh... hay una cuestión, yo no soy chofer. —una carcajada ronca resonó dentro del auto—   no es a lo que me dedico.
            —¿Disculpa?
            —En realidad soy taxiboy. Y creo que sería conveniente decirte —dijo arrojando su último trozo de cigarrillo por la ventanilla, para luego mirar al frente con aquellos ojos ahora gélidos y lentamente sacar un arma del maletero— que acabamos de robar este auto. Y no quiero quejas.       

            Me petrifiqué.

            Y ahí comenzaría mi peor pesadilla. 

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            —¡Déjame salir! Dios, quiero matarte. ¡Te ofrecí trabajo! 
            —Eso no me incentiva a soltarte, ¿sabes? —contestó del otro lado con una sonrisa socarrona.
            Era éste el momento de pensar en algo, lo que sea.
            —Si me dejas ir... prometo no denunciarte y juro que no volverás a verme en tu vida.
            —Tus promesas y juramentos salen de tu boca muy fácilmente; no confío en alguien así.
            —Las digo muy en se...

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            —¿Pero y si, por el contrario, quisiera retenerte? —me interrumpió con la voz agrietada tras girar unos segundos, posando una mirada espeluznante en mí— ¿Y si en este momento este auto robado no significara nada, y si en realidad quiero robarte los órganos o simplemente asesinarte? Quizá soy un loco de remate, quizá me dijeron que tengo un cáncer terminal y este es mi gran golpe; aventarme con un extraño a un lago cercano en un auto robado, ¿qué te parece? ¿Hiciste todo lo que deseabas con tu vida, amiguito? 
            Mi cuerpo se heló en el instante que escuché aquellas palabras salir de sus alineados dientes, disociándose hasta del más fuerte de los sentidos. Mi consciencia se paralizó al imaginar el posible accionar de los hechos, según sus hipotéticos planes, y el aire huyó despavorido de mis pulmones. 

            ¡Cómo envidiaba a ese oxígeno cobarde!

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            Mi pecho no paraba de subir y bajar a velocidades anómalas y el no poder controlarlo me martirizaba causándome puntadas en la sien; rogaba por una bocanada de oxígeno, pero no sucedía. No quería volver al templo del miedo que ahora era mi cuerpo.
            Por el contrario, cada vez se acentuaba más y más la opresión en mi pecho. Definitivamente el aire no planeaba entrar. Comencé a sentir una picazón incesante en el cuello y en unos instantes deseé arrancármelo para que parase. 
            Y el oxígeno aún no ingresaba a mis pulmones.
            No, él no iba a matarme, el miedo lo haría antes.

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            Editado por Barbs
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              Uhhh lo dejaste en el mejor momento jaja... Buen susto le está sacando Tyler a Paul, aunque al final creo que este chico nuevo no será tan malo como se cree, ya veremos. 

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                me gusta, espero que sigas subiendo caps, no la había encontrado antes ahahaha

                 

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